
Querida A.,
¿Cuántas casualidades se dan cada día, cada hora, cada minuto, cada instante para que nuestras vidas sigan los cauces que siguen? ¿Cuántas miradas, enfados, saludos, besos, encuentros, olvidos, enamoramientos, paseos, trabajos, lluvias, decisiones, aficiones tuvieron que concurrir en millones de personas para que tú y yo nos conociéramos en Secretaría Académica? Soy incapaz de creer en un destino escrito y preestablecido por un Dios caprichoso, pero también te reconozco que me provoca vértigo pensar en que nuestra historia -la tuya y la mía- es el resultado de la historia de todo el mundo, que no somos más que la consecuencia de mil movimientos aleatorios que se alinean en una danza perpetua hasta desembocar en la sonrisa que me regalaste el día que nos conocimos.
