
No soy muy aficionado al cine, pero una de mis películas favoritas es Hacia rutas salvajes, inspirado en hechos reales y, específicamente, en un libro que recientemente Ediciones B ha reeditado como Dios manda. Hacia rutas salvajes es la historia de Chris McCandless, un joven de veinticuatro años con unos excelentes estudios y un futuro prometedor cuando, en 1992, deja familia, pareja y futuro atrás para aventurarse sin apenas equipo a las tierras salvajes de Alaska para vivir solo en contacto con la naturaleza. Esta película, pues tengo que reconocer que la vi antes de leer el libro, me cambió la vida. Cuando los créditos desfilaron por la pantalla miré a mi alrededor sumido en un maravilloso estado de confusión y desorientación, invadiendo mi interior la sensación de estar totalmente fuera de sitio, que la historia de McCandless había hecho temblar los pilares que sostienen mi vida, mis creencias, mis prioridades y mis temores. He recordado esta película muchas veces, especialmente cuando he viajado a lugares más pobres y he visto a familias felices bañándose en las costas de Tanzania o en los lagos de Guatemala, sin preocuparse del ascenso de Trump al poder, o el próximo examen, o del futuro de la Unión Europea, o de demostrar su felicidad constantemente en las redes sociales. Tienen otras prioridades y otros temores, pero mi sensación es que ellos son más felices porque están más en contacto con el mundo real, ese que en el primer mundo solo sabemos ver cuando muere algún ser querido, momento en el cual todas nuestras preocupaciones y alegrías diarias se desvanecen y despertamos momentáneamente del sueño en el que estamos sumidos siempre. Pues de momento nuestro mundo ficticio no ha sabido esquivar el abrazo letal de la muerte. A veces pienso que solo cuando dejas todo lo superfluo atrás, como hizo McCandless, vives de verdad. Pero, ¿y si en vez de un hombre es un perro quien se va hacia lo salvaje? Hoy os traigo La llamada de lo salvaje, de Jack London.